Ya han pasado las fiestas, pero todavía quedan polvorones en la cocina. Te los vas comiendo mientras te tomas el café con leche. Ya hace un rato que te has levantado y todavía es de noche. Cuando sales a la calle hace un frío que pela. Te subes la bufanda hasta la nariz, metes las manos en los bolsillos y echas a andar con paso rápido. Cualquiera diría que te mueres de ganas de ir a trabajar, pero lo único que te impulsa son unas ganas locas de resguardarte del viento helado. No puede ser que la vida sea así hasta que llegue semana santa, tiene que haber algo que puedas hacer para salir de la monotonía…

Subes al metro y buscas en tu móvil mientras tratas de no oler al tipo de al lado. Parece que algunos son alérgicos a la ducha. ¿Cine? Mmm… No hay nada que te apetezca ver. ¿Teatro? Está bien, pero ahora mismo necesitas acción. ¿Paintball? ¡Bueno, quieres acción, pero no al aire libre! Llegas a tu parada.

Las luces fluorescentes te ciegan por un momento. Ya has llegado. Hay cierto revuelo. Tus compañeros de trabajo están arremolinados mirando algo. No había tanta expectación desde que les tocó una pedrea con la lotería de navidad, hace tres años.

–¿Qué pasa…?

Nadie te hace caso, así que te haces un hueco en el corrillo a codazos. Y ahí, justo delante de tus narices está lo que andabas buscando: ¡están reservando un escape room!

–¡Eh, no os olvidéis de mí! ¡Yo también me apunto!

El compañero de al lado te da un codazo en las costillas.

–No te preocupes, hemos encontrado un escape room donde cabemos todos, y podemos hacer competición. ¡Tú estás en mi equipo!

–¿Competición…?

Un compañero te enseña el móvil.

–Mira. Es Comecocos Escape Room. Tiene dos juegos distintos, y además cada juego está por duplicado, así que podemos jugar a lo mismo a la vez en dos equipos y ver quién sale antes.

–¡Y quien pierda paga una ronda de cervezas!